Es un repique que en medio de la noche sorprende a algún vecino desvelado y que procede de las tristes campanas del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, conocido más comúnmente por el "Santuario" convidando a la misa de alba; hay personas que han escuchado hasta dos llamadas, pero no más, y esto regularmente es tiempo de cuaresma. Las campanas suenan con extraño rumor y la esquila tiene cadencias desconocidas y extrañas: el vecino que se aventura a salir de casa dirigiéndose al santo recinto, encuentra pocas personas, que se hallan diseminadas en la nave esperando el sacrificio incruento. El altar aguarda con sus cirios prendidos, después de un rato sale el padre revestido con ornamento negro, y comienza la misa. Lo más extraño es que nadie la ayuda, y así transcurre la ceremonia con todos sus misterios, hasta que llega el Orate Fratres, en que el oficiante se vuelve al pueblo y puede verse que es un forastero, sacerdote que nadie conoce. Por fin llega la bendición, que no da como la liturgia pide en las misas de difuntos, y termina con el último evangelio. Al salir de la iglesia el transeúnte trasnohador, a poco andar a la realidad unas horas, escucha atento: son las doce; la hora de las apariciones y de los espíritus. Si por acaso aún está cerca del Santuario y vuelve la vista, se sorprenderá de que está obscuro y cerrado, con un silencio profundo, sin asomos de que se haya abierto durante la velada.
Tin, tan, tin, tan, tin, tan, tin, tan.
Otras veces, al oír el llamado de la esquila, la persona que se aventura llega al templo creyéndolo abierto, y al encontrarlo con una paz sepulcral, al darse cuenta de lo que sucede, más que de una risa procede a regresar a casa, con escalofríos de pavor, temiendo verse seguido por almas en pena.
Una noche, por el año de 1857, había aprehendido la policía al cuñado de don Pedro Jalpa, llamado José, y era en ese año comandante don Jesús Rodríguez, muy allegado y hasta compadre de los esposos Jalpa. Dialogaban estos señores sobre la "cuerda" del día siguiente y temiendo por don José, dijo don Pedro:
- Habla temprano con mi compadre Rodríguez, a ver qué puede hacer por tu hermano.
Doña Jerónima le contestó:
- Soy de tu parecer; pero sale casi amaneciendo; habrá que madrugar.
Y con esta disposición se recogieron.
Transcurría la noche; de pronto se despertaron al oír un repique.
- Ya debe ser tarde -dijo doña Jerónima, y procedió a levantarse.
- Oye -agregó -están llamando en el Santuario; me voy a la misa; deben ser ya las cuatro.
Doña Jerónima Jalpa salió y dirigió sus pasos hacia el templo. Delante de ella caminaba una vecina con el mismo rumbo.
- trinidad -le dijo al reconocerla -, espérame.
Pero la joven, sin atenderle, apretó el paso y se metió a la iglesia.
El templo, apenas alumbrado por los cirios del altar, se hallaba casi solo: un anciano hacia la derecha, y Trinidad, que se adelanto por la nave. Doña Jerónima Jalpa se detuvo en la puerta.
- Aquí me quedo -se dijo -; no sea que pase mi compadre Jesús con el caballo y no lo vea.
Comenzó la misa. Una preocupación la invadió: -¡Cuán floja es la gente; dizque tres oyendo misa nomás! ¡Lástima que nosotras no podamos ayudarla! Pero ¿cómo ese viejito no lo hace? Ya me dan ganas de indicárselo; en buen aprieto se verá el padre! ¡Y es de difunto! ¿Por quien se aplicará?
La ceremonia terminó y salió doña Jerónima. El viento frío de la noche agitó su tápalo y al instante sonaron las doce.
-¡Las doce, Santo Dios! ¡Misa a las doce en cuaresma!
Un estremecimiento de angustia recorrió su cuerpo, volvió la vista, y solamente halló la mole obscura del templo sumido en el silencio. Regresó a su casa muerta de miedo.
Otro día inquirió a la joven vecina.
- Trinidad; ¿saliste anoche a la iglesia, como a las doce?
- Imposible, señora. Muy dormida me encontraba a esa hora y usted sabe la vigilancia que mis padres tienen conmigo. Si de día es tan minuciosa, de noche no tendría igual.
¡Qué horror! Hasta entonces comprendió que había asistido a una misa macabra, acompañada de tres almas en pena.
Hacía una noche espléndida; la luna iluminaba las calles con su fulgor de leyenda, aclarándolo todo; la gente sacaba sus sillas a la puerta de las casas o se sentaba en los "poyitos" y conversaban de sus asuntos serios o baladíes y todo era animación y contento. En las ventanas, tras de las rejas, las muchachas enamoradas escuchaban con tierno apasionamiento, exacerbado por la noche en ensueño, las dulces palabras de los galanes, mientras sonaba el toque de la queda en los viejos bronces de los templos.
Al mesón de "San Antonio", entonces ubicado en la calle de "Las Carreras", se llegó don Ponciano Rodríguez, acompañado de sus arrieros, para disponer el pienso de las recuas y salir muy de mañanita en busca del tabaco a la "tierra caliente", tan distante y misteriosa. Por un momento el mesón disfrutó de más acentuado trajín y habiéndolo dispuesto de la mejor manera, don Ponciano se encaró con el "huésped" para recomendarle del modo más atento vigilara que sus hombres no salieran durante la noche, para no tener qué demorar la salida, pues había "que adelantarle al sol".
Ya cada quien de los arrieros tenía en su bolsa de ayate "el manojo" que deberían comerse durante algunos días, a la sombra de algún árbol, y teniendo frente a sí el camino polvoso e interminable, y lo componían gorditas de elote, de trigo, tamales agrios, quesos y tortillas que sus amantes mujeres habíanles preparado cuidadosamente.
Don Ponciano salió, que para algo era el amo y el jefe de la expedición, y se encaminó por las calles, a encerrarse a su domicilio, en tanto sonaban las tres de la madrugada para volver al mesón y salir luego.
Los hombres, en tanto, con sus cigarros de hoja, charlaban echados sobre los petates; algunos pensaban en las sorpresas que el viaje les depararía, otros en los cuidados que dejaban y en los encargos que las "viejas" les hacían; los más en las ganancias seguras del tabaco y piloncillo realizadas a base de trueques, y todos llevaban en recuerdo de sus hogares, de la casa cerrada de órganos y nopales den donde quedaba la mujer moliendo en la cocina de humo; en los chicos que encontrarían extraño el hueco que el padre dejara por varios meses; en el buey manso y en el burro paciente... Poco a poco las conversaciones se fueron acabando y el suelo pronto rindió los cuerpos fatigados por la brega ruda del día.
Ya hacía mucho tiempo que habían sonado las doce, cuando de pronto se oyó un repique.
- Tomás -dijo uno de los mozos moviendo a un compañero que roncaba -despierta, ya están llamando la misa de cuatro.
-¿Es posible, Antonio? -dijo incorporándose y desperezándose -. ¿Ya es tantarde? Aunque mira, todo el mundo duerme y, además, el amo ya debía estar aquí.
A poco sonó un segundo repique.
- Tienes razón -dijo a su compañero -. Levantémonos, pues.
- Oye Tomás -siguió Antonio -son en el "Santuario" las llamadas. ¿Te parece que "vayamos" a "oír" la misa en tanto "salemos"? Vale que está cerquita. ¿"queres"?
- Ahí tu verás. Vamos, pues, "quialcabo" no está de más pedirle a Dios por los que dejamos.
Con esta disposición se dirigieron al zaguán y abrieron la maciza puerta asegurada con dos toscas cerraduras y una enorme cadena, y salieron.
Las calles estaban desiertas, el aire frío del amanecer penetraba sutil en sus cuerpos apenas defendidos con las cobijas, dieron vuelta y se llegaron al templo.
La puerta estaba abierta; entraron. La nave estaba sola; el altar esperaba con sus cirios prendidos. Los arrieros devotamente se persignaron; a poco por la puerta de la sacristía salió el sacerdote, revestido con casulla negra y empuñando el cáliz, que cubría con paño negro también, denotando ser misa de difuntos. Al ver que nadie acompañaba al oficiante, Tomás hizo una seña a Antonio y éste se adelantó, abriendo la puerta del comulgatorio para disponerse a ayudar al sacrificio.
Comenzó la ceremonia. El sacerdote recitó los salmos de David, siguió con el Introito, el Kyries y las demás oraciones; siguió el Evangelio, el Credo, el Ofertorio y el Lavado, y al formular las palabras del ritual "Orate Fratres". El oficiante se volvió, y entonces una emoción indefinible de terror se apoderó de los dos oyentes: el sacerdote tenía el rostro lívido de la tumba, las cuencas, obscurísimas, hacían más intensa la palidez terrosa; las manos se alargaban descarnadas y la voz salía difícil, trabajosa, silbante, de entre los pocos dientes, cavernosa e intermitente.
Tomás instintivamente quiso salir, pero encontró cerrada la puerta; las velas se apagaron súbitamente, quedando todo en absoluta obscuridad y, dos gemidos salidos de los pechos de los arrieros, retumbaron en las bóvedas y después todo quedó en silencio.
Al día siguiente el sacristán, al abrir las puertas de la iglesia para la limpieza cotidiana, halló dos hombres desmayados, uno junto a la mesa del altar y el otro tirado cerca del cancel. Se hicieron las averiguaciones y don Ponciano Rodríguez, que por la ausencia de sus arrieros había suspendido el viaje, juzgó no tratarse en el presente caso sino de una borrachera que los mozos habían tenido, yendo a dar inconscientes hasta la iglesia y no le dio mucha importancia; sin embargo, con días de anticipación, ambos compañeros bajaron al sepulcro por el susto mayúsculo que sufrieron.
Otras veces, cuando doblan las ocho recordando el toque de ánimas arcaico, sale del santuario la figura de un fraile, y pasea por las calles adyacentes sus silueta envuelta en negra sotana.
Estos repiques que llaman la misa de media noche, aseguran innumerables personas que los han escuchado, y se cree que el padre cuya alma anda en pena, es don José Guadalupe Valencia, cuyo retrato adorna las paredes de la sacristía, en un óleo descolorido, y a quien se atribuye que debía algunas misas, pues poco después de su muerte comenzaron a oírse esos repiques, particularmente en tiempo de cuaresma. De este sacerdote se afirma que no podía caminar ya, hacia el fin de su vida, a causa de los cilicios que en su carne se incrustaban, y era tradicional su ascetismo, mansedumbre y bondad, y tan amante de la música, que a pesar de su austeridad decía "que la música sabía encender lo que los años apagaban".
Tin, tan, tin, tan, tin, tan, tin, tan.
Junto a los limosneros, naranjos y cedros se acurruca el templo misterioso en donde pena le alma del padre Valencia. Si oís el repique, permaneced en vuestra cama, no fuera a ser que, creyéndoos en la madrugada, vayáis a ver al padre deudor y a codearnos con espíritus que asisten ala macabra ceremonia.